El Macario




"De esta forma apareció el Macario en la librería una mañana soleada, invadida por ese aire fresco que se produce en los pueblos: limpio. El Macario entró como si lo persiguiera la Gestapo, echando hacia delante la boina con la intención de cubrir un rostro que, por sí mismo, hablaba como si fuera la Radio Nacional. Pero como los humanos somos así de incomprensibles, nos creemos que tapándonos ligeramente la frente, los vecinos de toda la vida, que ven pasear nuestro palmito por las calles desde que alcanzamos edad suficiente para caminar, no nos van a reconocer. ¡Bendita ingenuidad! Y así entró el Macario en la librería, con el convencimiento de no haber sido visto por ojo alguno, o al menos, no reconocido. Sacó un papelillo que traía echo un burrujo entre las manos, en el que tenía apuntadas unas letras ininteligibles que él tradujo como: “Historia de la Filosofía, volumen 1, de Bertrand Russell”, y finalmente se quitó la boina en señal de respeto, porque eso sí, a educación, al Macario, en el pueblo “no le ganaba ni dios”, como él mismo repetía insistentemente. Como nunca imaginé que nadie en el pueblo tuviera a bien pedir semejante criatura filosófica, no tenía el ejemplar. Sin embargo, quedé en pedírselo lo más rápido posible ya que no quería perder los escasísimos clientes que se iban acercando a cuenta gotas a la librería. Pensando que, obviamente, se trataba de una petición para regalar a alguien (¡cómo iba el Macario a leer a Bertrand Russell!) estimé que en un plazo máximo de una semana tendría en mis manos el libro.

-¿Lo necesitas urgentemente, Macario? ¿Es para un cumpleaños?

-No hay prisa, mujer.

-Lo digo por si alguien lo está esperando, no te preocupes, que lo tendré para la fecha que me pidas.

-No hay prisa, no, mujer…. Es para mí… - dijo, en un hálito apenas audible.

Por supuesto, traté de no parecer sorprendida; por el contrario, intenté parecer impresionada por los elevados intereses de aquel hombre al que pensaba que su vida se dedicaba en cuerpo y alma a las lechugas, zanahorias y otros productos de la labranza, todos ellos igualmente necesarios para el alimento del ser humano que el de las preguntas filosóficas que nuestra naturaleza nos invita a plantearnos.

El pobre hombre, al ver que tomaba el descubrimiento como algo natural, empezó a contarme que su interés por la filosofía le venía desde que era niño, que desde que tenía uso de razón se preguntaba por cosas tan sencillas como “de dónde venimos” y “hacia dónde vamos”, que cuando esparcía las semillas por el huerto no podía ver en ellas otra cosa que el potencial de un milagro.

-Dentro de una semilla está todo. Está la planta entera, mujer. ¿Lo entiendes?

Me dijo mientras arrugaba el entrecejo. Luego calló por un segundo, como si se quedara pensativo, y continuó:

    - El Teodoro me hacía mu bien de partener en estos temas.

Aquella frase me dejó perturbada. ¿Acaso esperaba de mí que conversara con él sobre metafísica? Nuevamente tuve la sensación de estar soñando, aunque esta vez no quise proceder a la técnica habitual del salto para no caer en el mismo ridículo que había sufrido días atrás con Nacho, de modo que preferí examinar la situación del modo más realista posible. Tenía frente a mí al Macario, con su boina, con su atuendo raído, probablemente sin cambiar desde al menos una semana, mirándome con carita de cordero degollado, esperando de mí que comprendiera sus preguntas sobre el sentido de la vida y los orígenes del hombre... Bueno... ¿qué puedo decir? Pues que de aquella estampa dadaísta iniciamos una interesantísima conversación que nos llevó a los presocráticos y a la maravillosa aportación de Heráclito con sus ideas de lo perecedera que es la vida. Tengo que añadir que el Macario me superó con creces en conocimientos, y me informó que Pitágoras, como San Francisco, predicaba a los animales.

Pasamos media mañana entre interrogantes y risas, -puesto que descubrí que el hombre tenía un sentido del humor de lo más ingenioso-, hasta que, de repente dijo: “Me marcho”, y salió de la librería como vino, tratando de esconderse con la boina, como si no hubiera pasado nada en el tránsito de su visita.

Me dejó pensando en las dudas de la vida con una sonrisa en los labios por descubrir los secretos que guardamos las personas, y lo difícil que es emitir juicio alguno sobre nadie, basándonos solamente en las apariencias"

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