Un parto cósmico




Cuando Brígida quedó encinta de Graciosa, se pasó todo el embarazo mirando a las estrellas. Cuando entraba el anochecer, miraba por la ventana, apoyada como si fuera una niña contemplando el vuelo de caballitos alados.
-¿Qué haces Brigi? , le preguntaba su marido.
-Nada , contestaba ella. Y no mentía, porque en realidad no hacía nada.
Simplemente le gustaba mirar el universo, observar todas aquellas estrellas brillando desde vete tú a saber dónde. Solo contemplaba la que creía obra de Dios, a veces, y otras tantas creía únicamente un sueño.

[...] Medio sonreía al pensar que aquella luz que veía era, quizás, un imposible del pasado, que probablemente ya no estaría allí lo que en otro tiempo iluminó. De vez en cuando veía pasar una estrella fugaz, y se admiraba de la infinitud de lo que contemplaba. Jamás tuvo el atrevimiento de pedirle un deseo. Ella sabía que, en el fondo, uno vive lo que tiene dentro, y que de nada sirve pedirle a una piedra incandescente lo que ya tenemos, por gracia de la naturaleza.

Y mientras ella visionaba la película del universo, Graciosa pataleaba en la tripa de su madre, anunciando que, aunque habían pasado ya los nueve meses de rigor, tenía previsto quedarse un tiempo más ahí dentro, disfrutando de las mieles de ser un feto calentito y con todo tipo de comodidad.

 Al décimo mes decidió salir la criatura, y ahora traía prisa. Godofredo avisó a la vecina del bajo para que llamara a la matrona que vivía a dos manzanas de su casa. Solo unos minutos tardó la mujer, que llegaba rauda a asistir el parto. Llegaba bien la pequeña. Salió con la misma facilidad con la
que uno se saca un anillo del dedo entre capas de vaselina. Mientras salía la cabecita de Graciosa, Brígida miró por la ventana. Ya era de noche y las estrellas estaban acompañándola. Sonrió y se dijo, como para sí misma: “he
tenido un parto cósmico
.

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