Evangelio perdido: Adoración fraterna



Graciosa y Espejo eran las más guapas del barrio y, quizás, las más guapas de mi ciudad. No es que lo diga por amor de familia, que también lo hago, sino que era un hecho verificable, científico, físico y nuclear.  Es matemático - diría mi padre. Además de ser guapas, disfrutaban también del recato sexual que nos había provisto el colegio católico, de modo que su castidad las hacía aún más atrayentes a los ojos del león que busca presa. Cuando iban a salir, me gustaba mirarlas arreglarse. Estaba presente cuando se duchaban, cuando se depilaban, cuando se pintaban... era como si fuera una segunda escuela. Cuando se iban, yo me metía en el baño y hacía lo mismo, con la misma dedicación, haciéndome la mayor y, sobre todo, haciéndome la guapa. Me miraba al espejo y me tocaba el pelo como ellas, con la barbilla hacia arriba, sacando un poquito los labios hacia fuera, como si supiera que todos los hombres del bar quisieran besarme. Porque yo pensaba eso, que todos los hombres querían besar a mis hermanas. Así que, cuando alguna de las dos volvía llorando a casa porque el chico que le gustaba se había enrollado con otra, yo no daba crédito a sus palabras. ¿Con otra? ¿No te ha elegido a ti?-le preguntaba, atónita, mientras ella no paraba de llorar como una plañidera- Mujer, será que no se ha dado cuenta de que estabas. Si te hubiera visto, nunca se hubiera fijado en María Pasillos. Y sabía que con mis palabras se les pasaba la mitad del disgusto, porque había tanta admiración, que se percibía en el ambiente. Me abrazaban como si me debieran la vida, y continuaban a sus cosas, volviendo a ignorarme, y yo volviendo a estar encantada de que lo hicieran, porque siempre fui una niña muy solitaria. 


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